Tras las Huellas del Imperio

  • A más de una década y media de la última conquista de Grand Slam, Estados Unidos busca soluciones a su crisis de campeones.

Nadie pensaba que aquel día en que Andy Roddick levantó la copa del Abierto de los Estados Unidos en 2003 sería el último día de gloria del tenis americano.  Y tampoco creerían que él, sin querer, sería el responsable del naufragio de décadas de grandes triunfos.

Andy Roddick era un arma genéticamente modificada. Su ADN se nutría de sus dos campeones precedentes, Andre Agassi y Pete Sampras. Pero en el afán de emularlo, Estados Unidos eligió un camino desacertado.

Es cierto que, tradicionalmente, los jugadores americanos habían dominado el tenis de canchas rápidas. Pero eso es tan acertado como el hecho de que, antes de Roddick, Chang, Courier y Agassi habían sido campeones de Roland Garros. El tenis clásico de saque y red de Sampras, Todd Martin y David Wheaton, contra la modernidad del tenis de base, del laboratorio Nick Bollettieri.

La generación perdida del tenis americano post Agassi & Sampras no era la que parecía ser, ya que a pesar de que Robby Ginepri, Taylor Dent, James Blake, Mardy Fish y Jan Michael Gambill no alcanzaron finales de torneos de Grand Slam, fueron protagonistas del circuito junto a Roddick por algunos años.

Con el desafío perdido de no poder competir en polvo de ladrillo, la USTA comienza poco a poco a disminuir los torneos de clay en los calendarios, casi hasta su extinción. Los descendientes de Andy Roddick tenían casi el camino marcado: sacar lo más fuerte que se pueda y la primera que pase por la derecha, romperla. Así aparecen los Sam Querrey, John Isner, Tennys Sandgren o Jack Sock que, casi sin pena ni gloria, pudieron ocupar el lugar de sus antecesores.

La Next Gen le trajo aires renovados al tenis americano pero, ahora, no solo son derrotados por Europa, sino por su vecino, Canadá. Con un futuro prometedor, pero un presente terrible, para la primer industria del tenis mundial, sin ningún top-10 y con su jugador referente John Isner (#38 ATP) de 35 años, la cosa parece seria.

El modelo se repite. Los nuevos juegan, prácticamente, igual a los viejos. Frances Tiafoe, Taylor Fritz, Reilly Opelka… odian el polvo de ladrillo, casi como Superman la criptonita. Ni el más renegado Pete Sampras, que por momentos parecía pisar huevos cuando se movía en tierra, le escapaba tanto a una superficie que, para muchos, es la mejor para formar jugadores.

Sabemos que a Estados Unidos no le interesa tener muchos jugadores, pero si le interesa tener al mejor. Y ese candidato se llama Sebastian KordaQue apellido mediante (es hijo de Petr Korda, ex #2), alcanza los octavos de final de Roland Garros a los 19 años, perdiendo con Rafael Nadal.

Sebastian, hoy entrenado por su padre y por Andre Agassiparece entender lo que a muchos le llevó años. Inclusive a Ivan Lendl responsable del grupo de inserción profesional de la USTA. Para ser el mejor, hay que jugar en todos lados. Y así como lo hicieron Jimmy Connors y John McEnroe, sin ser especialistas, la tierra tiene un lugar para el tenis americano.

Tal vez Korda marque el paso para un cambio de política en el tenis de Estados Unidos, que supo tener a Tommy Paul como último campeón norteamericano de Roland Garros Jr., pero que lejos está de ser un jugador de ladrillo. Volver al Clay verde puede ser una solución a futuro para parte del calendario de la USTA. Mientras tanto, recen por Korda.

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